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¿Qué es la obsolescencia programada?

La obsolescencia programada consiste en fabricar productos que duran menos de lo que podrían y vender así más. Esta práctica se habría creado en los años 20 del siglo XX, con el modelo de producción que creaba grandes cantidades para sustituirlas en poco tiempo, y lograr así según sus defensores más beneficios empresariales y más empleo. 

 

En 1932, el inversor inmobiliario Bernard London proponía abiertamente la idea para paliar los efectos del crack de 1929 y reactivar el consumo en Estados Unidos. En 1954, el diseñador industrial estadounidense Brooks Stevens acuñaba el término para “instalar en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario”.

 

Diversos expertos y representantes del sector industrial aseguran que no existe una obsolescencia “programada”, es decir, una conspiración mundial de las empresas pensada únicamente en sus intereses, sino más bien una “obsolescencia funcional” basada en dos criterios. Por un lado, la optimización de los productos para que ofrezcan las mejores prestaciones con el coste más bajo posible. Esto conlleva productos menos duraderos, pero más asequibles para los clientes. Por otro lado, el ritmo de innovación y generación de nuevos modelos es cada vez mayor, de manera que satisface el deseo de estar “a la última”.

 

Los casos más conocidos de la obsolescencia programada 

 

Las bombillas se citan como uno de los ejemplos clásicos de obsolescencia programada. En 1924, los principales fabricantes de la épocacreaban el "cartel Phoebus" con los estándares de producción y venta, que marcaban mil horas de vida media de las bombillas. Antes de este nuevo estándar, empresas como la española Lámparas Z garantizaba en su publicidad 2.500 horas. 

 

Los electrodomésticos y aparatos tecnológicos en general son otro de los ejemplos más significativos de productos que cada vez duran menos. Quizás el caso más llamativo es el de los teléfonos móviles o smartphones: su vida media es de 20 meses y medio, según un estudio de la empresa de estudios de mercado Kantar. Pero no es el único. Un estudio difundido por la Agencia Federal de Medio Ambiente de Alemania asegura que el promedio de la vida útil de la mayoría de estos bienes ha disminuido en un año durante la última década. Por ejemplo, los televisores pasaron de los 5,7 años en 2007 a los 4,4 años en 2010. Los ordenadores portátiles duraban 5,4 años en 2004, mientras en 2012 sólo 5,1 años.  

 

¿Conoces sus consecuencias?

 

La obsolescencia programada es perjudicial para los consumidores, que tienen que gastar y endeudarse cada vez más, y los empleos son de peor calidad.

 

El medio ambiente es también uno de los grandes perjudicados, ya que supone la sobreexplotación de los recursos naturales, el aumento de emisiones de dióxido de carbono (CO2) implicadas en el cambio climático, el derroche de energía, más contaminación, etc. 

 

Frente a ello, los ciudadanos podemos hacer más de lo que pensamos. En primer lugar, informarnos de sus consecuencias y concienciarnos, no solo de esta práctica, sino en general del actual modelo de consumo insostenible basado en el usar y tirar, y asumir en nuestra vida cotidiana las tres erres: reducir, consumiendo solo lo imprescindible; reutilizar los productos para hacerlos durar más; y reciclar cuando lleguen al final de su vida útil.

 

Otra forma de acción ciudadana es presionar a las administraciones públicas para que la eviten de forma explícita y apoyen la producción sostenible y local, basada en la economía circular. Por ejemplo, Francia reconoció en 2015 la obsolescencia programada como delito penal, que puede acarrear penas de prisión a sus responsables.

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